CADAVERES

Desterrados de sus sueños, adoptados por la envidia, 
vagos en una naturaleza infértil que llaman “evolución”. 

Lobos de destinos ajenos,   
por mejorar su aspecto asan las ilusiones que están sumisas. 

Caminan en sus aceras al borde de las leyes circulares, 
metidos en sus vestidos de cartón, 
en sus espacios de glamour pintado por su descaro, 
      caminan de puntitas.

En sus vidas decadentes llenas de belleza estratégica, 
de belleza abstracta e incorregible:     ojos que solo miran intenciones. 

Inflados de mentiras y traiciones, 
morados sin vergüenza,     autoengaños. 

Así caminan los muertos,    
    esos que se creen vivos:     putrefactos y fósiles con rostro.

En los huesos calcinados de ego, 
olorosos a desastre, 
con las babas descendiendo por sus ahorcadoras corbatas.  

Hambrientos de amor y sedientos de hacer propio el poder; 
se equivocan y se entierran así…         errantes.

Con una convincente lengua y una conciencia que apesta. 

Asquientos de honor, sifilíticos de poder; 
caníbales de la humildad, 
desgarran la carne de lo digno, 
pelan los húmeros, 
mastican y mastican lo sincero y justo. 

Si,     son ellos los que caminan con paso firme creyéndose invencibles, 
indestructibles sin pudor. 

Cadáveres esquizofrénicos por la vanidad democrática
con ojos abultados fingiendo “grandeza”. 

Se sienten livianos.    

Son cadáveres que viven amantes a su pecado, 
        liderando su propia destrucción.

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